Para mí, la guerra de Malvinas, comenzó en 1978, ¿raro no?, Ahí les va una pequeña explicación, que tal vez, despierte su interés.
Yo al menos, creo que por ésta noche, no necesitaré auyentar fantasmas con pastillas o alcohol.
El angosto pasillo del destructor, hacía que su cuerpo, enfundado en el grueso salv vidas, casi se tocara con el de su compañero.
El casco, adornado con la cruz roja, que lo identificaba como enfermero de combate, le ocultaba casi por completo el rostro, lo que era una ventaja, ya que no se podía leer su miedo en el.
La cámara de oficiales, hacia las veces de quirófano de combate, a metros de ella, los dos colimbas, trataban de enterarse de lo que pasaba, escuchando lo que se decía en el C.I.C, (Centro de Información en Combate).
Podía ser media tarde, o media noche, no tenían mucha noción. Hasta unos pocos meses atrás, eran adolescentes despreocupados, cuyo único desvelo era penetrar en los misterios del sexo. Ahora, encerrados entre puertas de acero, que impedirían que el barco se inunde en caso de impacto, no dimensionaban el peligro, solo tenían miedo,
Y no sabían a que.
-…Rumor hidrofónico de torpedo, por babor…
Terció impersonal la voz del oficial a cargo.
Los compañeros se miraron, esperando los fatídicos cuatro minutos hasta el impacto.
Abruptamente, el viejo destructor, cayó a estribor.
Daniel se imaginaba la maniobra evasiva. Cuatro, cinco minutos. Nada. Lo habían esquivado.
-…Rumor hidrofonico de torpedo por popa…
Sabían, más por instinto que por conocimiento, que ese disparo era casi imposible de eludir.
Daniel afirmó sus pies y apretó sus dientes, esperando el inevitable impacto.
El joven teniente Musicó estaba a cargo de las bombas de profundidad. Las tenía reguladas para que estallaran a distintas profundidades.
Sabía que los torpedos seguían el ruido de la hélice.
Sabia.
Ruido!!! Sin esperar órdenes, apartó al personal subalterno y se abalanzó sobre el mecanismo que regulaba la profundidad de la explosión.
No sentía en sus manos el frío aire del sur, por el contrario, transpiraba…
-Fuego!!!
Daniel y su compañero sintieron la explosión en todo su cuerpo,
El viejo barco, literalmente, se levantó de popa, las luces se apagaron, sus estómagos amenazaban con abandonar sus cavidades habituales.
-Sonamos-pensó Daniel. Mientras esperaba la orden de abandono, si es que llegaba.
Lo había logrado. Las cargas de profundidad estallaron apenas tocar el agua, distorsionando el rumbo del torpedo. Bueno habían perjudicado un poco al “Rosales”, pero al menos seguían a flote.
La respuesta de la nave argentina, no se hizo esperar.
El comandante, desoyendo sugerencias del Estado Mayor, no se había desecho de los viejos erizos, especie de racimos de bombas antisubmarinos que explotaban por simpatía, es decir, estalla una, estallan todas.
Las arrojó, y contrariamente a lo que dicen los manuales, lograron impactar en el moderno submarino chileno, tipo Oberon.
Cambio de rumbo, y el viejo destructor se alejaba de la zona de combate.
Daniel suspiró aliviado. Estaban salvados.
La opinión pública nunca se entero de esta escaramuza en los mares del Sur
Era “Secreto de Estado”, y lo sigue siendo.
Daniel creía haber tenido toda la guerra que necesitaba.
Estaba equivocado.
Era diciembre de 1978.
Lo peor, recién comenzaba.
Pero todavía faltaba para 1982.
CAPITULO PRIMERO – PARTE 1
Mi equipaje era mucho más liviano que en otros embarques, mayormente ropa de abrigo.
A medida que me acercaba al viejo barco, recordaba los eventos que me habían llevado hasta ese momento.
Las tropas Argentinas, hacía veinte días que habían recuperado Las Malvinas.
El país estaba enfervorizado, al menos la parte del país que se veía en televisión, el resto, en realidad, no se veía, es más, a gran parte no se la vería “nunca más”.
Más que por sentimientos patrióticos, me había movido la solidaridad.
Ya había sentido el frío del sur, y sabía por lo que estarían pasando los colimbas.
Estaba mucho más preparado que hacía cuatro años, cuando yo mismo era un conscripto, y me tocó ir a enfrentarme con los chilenos.
Había dado dos veces la vuelta al mundo, había padecido temperaturas bajo cero en el mar del norte, sin olvidar que “alguna” experiencia en combate, tenía.
Quería estar.
Las explicaciones vendrían después, o tal vez, nunca llegarían.
Por eso me presente en la oficina de personal embarcado de mi empresa, E.L.M.A,
Hacía ya tres, (¿solo tres?) días.
-Vengo a solicitar embarque…
-Apellido?… –pregunto con su cortesía habitual el empleado de personal.
-Spataro-
-A ver…Imposible, le restan aun dos meses de licencia, no esta ni en lista de espera.
-Ya se, pero si sale algún buque para Malvinas, quisiera ir.
-Las tripulaciones están completas, pero tómo nota.
Mientras el empleado completaba mis datos en una planilla, pude notar que no era el único que había tenido la idea. En la hoja en que me anotaban, había unos cuantos antes que yo, bajo el rotulo de “voluntarios”.
Decepcionado, volví a mi casa.
En el pequeño departamento de San Telmo, MI madre me pregunto, con fingida indiferencia, que me habían contestado.
No llegue a responder, me interrumpió el teléfono.
-Si?-conteste.
-Daniel Spataro?, de la oficina de personal embarcado, preséntese a retirar la orden de embarque.
-Buque?- pregunte intrigado.
-Río Carcarañá…
-Destino?- al hacer esa pregunta de rutina, mis nudillos apretaron el teléfono, hasta quedar casi blancos.
Del otro lado de la línea, el silencio se hizo eterno, se notaba la duda en la voz del empleado. Hasta que por fin dijo:
-Sur…
Cuando colgó, me di cuenta que mi madre me miraba, curiosa.
-¿Qué querían?-
-Embarco-conteste-Me voy a Malvinas.
Mi mamá me dio la espalda y siguió limpiando. Las lágrimas que ocultaba ya no eran tan indiferentes.
Estaba acostumbrado a navegar en modernos buques semiautomáticos. Este no era el caso. El viejo Río Carcarañá, había sido sacado de su cómodo amarre, donde esperaba su destino, tal vez desguace, para enviarlo a esta misión.
Si bien los lamparones de óxido y la falta de pintura no lo hacían muy presentable, tenía algo de romántico en sus líneas y aparejos.
Otra diferencia, el camarote era compartido, y en el interior del buque, abundaba la madera, a diferencia de la fórmica y el acero a que estaba acostumbrado. Había algo más de lujo, ya que era una embarcación mixta, preparada para carga y pasaje.
Tire mis cosas sobre la cama y me fui a presentar al Contramaestre.
Cáceres era un Correntino de cuarenta y pico de años, de hablar bastante atravesado, y ojos que parecían reír constantemente. Era un tipo corpulento, con cientos de millas de mar en sus espaldas.
La primer tarea que me dio, fue rellenar todos los rincones posibles del barco con raciones de agua potable, esas botellitas de medio litro, descartables, que llevan los botes salvavidas.
Debajo de los asientos de cubierta, principalmente.
Como la tarea no era pesada, aprovechaba mis paseos para husmear un poco el muelle.
La carga que nos estaban entregando, tampoco tenía nada que ver con la habitual.
Camiones militares, repletos de cajas de municiones, Cañones, contenedores con quien sabe que, y miles, miles de tambores de combustible.
Bajo el plomizo gris del cielo de ese veintiuno de abril de 1982, a las 16,30 horas, en silencio, sin despedida de familiares nostálgicos, El Río Carcarañá, soltó amarras por última vez en su historia.
Jamás volvería a Buenos Aires, ni a ningún otro puerto.
Muchos de los que estaban a bordo, tampoco.
A las veinte, subí al puente con mi socio de timón. Estaba lleno de gente.
Además del oficial de guardia, el Capitán, los timoneles salientes, se divisaban en la semipenumbra, algunos militares, con rangos dispares.
El Capitán Edgardo Del´elicine, iba y venía del puente al cuarto de derrota, deteniéndose cada tanto, a descargar con medida furia su pipa contra los desprevenidos ceniceros de metal.
El aroma de ese tabaco, me seguiría toda la vida, condenándome a ser transportado, cada vez que lo oliera, al puente de un buque sentenciado a muerte.
CAPITULO PRIMERO – PARTE 2
A media noche, cumplida mi guardia, bajé rumbo a mi camarote, con la firme intención de dormir.
Voces en el comedor me hicieron desviar mi rumbo.
El cuadro que vi, me pareció el de un crucero de placer.
Los militares subalternos, (suboficiales), estaban entremezclados con la tripulación, jugando unos al truco, otros al tute, el resto, de charla.
Me quede unos minutos y seguí con mi intención inicial.
Cuatro días más tarde, volví a cumplir el ritual de la guardia, era un mañana más, con la diferencia que el ruido de los motores ya no se escuchaba, estábamos fondeados.
Entré al puente.
Los cientos de puertos que había visitado, no me habían preparado para el espectáculo que se habría ante mis ojos.
En todo su esplendor se desplegaban las Islas Malvinas.
A proa, casi oculto por unas lomas y una tenue neblina, se encontraba el aeropuerto de Puerto Argentino.
Habíamos llegado.
En soledad, sin custodia, habíamos roto el bloqueo inglés, y fondeado en la Bahía.
Mi primera tarea fue ir a popa a izar el pabellón.
Esa rutina la había cumplido cientos de veces, pero mientras bajaba las escaleras que me llevaban a las cubiertas inferiores, me di cuenta que temblaba.
Casi llegando al mástil caí en la cuenta que no estaba solo.
Jorge López, marinero de prefectura, y Beto Herrera, engrasador de máquinas, me acompañaban.
Lentamente, isé la bandera.
Nadie habló, no hacía falta.
Nos quedamos unos minutos, observándola flamear.
En el horizonte, un Hércules se preparaba a tomar pista en Puerto Argentino.
El muelle estaba ocupado por el buque Formosa, de nuestra misma empresa (E.L.M.A), lo que nos impedía la entrada.
Pero no podíamos darnos el lujo de esperar pacientemente, la carga que llevábamos era imprescindible en las Islas
En cubierta, se comenzaron a preparar las plumas para la descarga. No era tarea fácil, al óxido acumulado en los viejos aparejos había que sumarle la lluvia casi constante, y la poca o nula experiencia que teníamos algunos de los marineros en maniobrar esas grúas.
El contramaestre, el cabo de mar (Chávez), y los marineros Medina, Morán y Saucedo, eran los más duchos, Salerno tenía experiencia, pero un problema cardíaco lo había apartado algunos años de los barcos, hasta que otro problema, esta vez económico, lo había traído de vuelta, haciéndole abandonar el reparto de soda.
Juan Del Negro y yo, teníamos casi la misma edad y experiencia. O sea, poca.
Un renglón aparte merecen los “aprendices” de marinero: Jaramillo estaba bastante canchero, pero Rosato, era la primera vez que embarcaba, pavada de debut. Ninguno llegaba a los veinte años.
Subiendo y bajando por los palos, atornillando, golpeando, el grupo de marineros, conseguimos disponer el barco para la descarga, y curiosamente, sin heridos.
El buque Islas de los Estados, se acercó lentamente a nuestro costado, hasta quedar firmemente amarrado a nosotros, paradojas de la vida, su historia quedaría también amarrada a la nuestra. Para siempre.
Era más chico que el Carcarañá, por lo que iba a ser utilizado para repartir nuestra carga por los diferentes puntos de las Islas, a cuyos pequeños muelles tenía acceso.
Ahora, faltaba la mano de obra.
CAPITULO PRIMERO- PARTE 3
Ni pensar en estibadores.
En grandes lanchones, nos abordaron ordas de conscriptos, para efectuar la descarga.
Sustraídos de las trincheras tenían la misión de ayudar en la descarga de un buque en altamar, los marineros, poco o nada sabíamos de estibaje de carga, los colimbas, menos.
Se reforzó la tarea, con el resto del personal el Carcarañá, libre de guardias o tareas, así, mozos, enfermeros, maquinistas y oficiales, se mezclaron en cubierta junto a docenas de conscriptos, para entregar en Malvinas, los suministros.
Dios debe ser argentino, nomás, porque la descarga comenzó, y se repetiría a lo largo de los días, sin un accidente.
Para los colimbas, tenía un plus adicional esa misión, recibían de nuestra cocina, comida caliente, era más de lo que podían esperar en Puerto Argentino.
El sargento Benzo, el cabo Barrios, el cabo Pardini, el cabo Varas (el “cordobés”), y Jorge López (“chocolate”), cuidaban celosamente los vehículos y armamentos que les habían comisionado.
Varas y López, custodiaban con amor de propietarios los vehículos que les habían entregado.
Durante la navegación y hasta ese momento, se habían transformado en casi miembros de la tripulación.
Sabíamos que en cuanto los jeeps de Fuerza Aérea fueran desembarcados, Varas se iría con ellos y otro tanto iba a pasar con López y los vehículos de prefectura, eso nos daba un poco de tristeza, pero confiábamos en seguir viéndonos.
Así la rutina, terminada la jornada, los conscriptos a los pozos, y los tripulantes y pasajeros, a los camarotes.
“Que los ingleses vienen, que no”, era la conversación obligada.
Éramos todos diferentes, militares, civiles y conscriptos, pero estábamos trabajando juntos por la misma causa.
Había un título que a nadie se le ocurrió que deberíamos llevar por el resto de nuestras vidas, “ex combatientes” – “Veteranos de Guerra”.
Pero hay otro, que muchos de los de abordo, no sabían que se ganarían.
Ni a que precio.
Héroes de Malvinas.
Claro, el que se lo gano, nunca lo pudo escuchar.
Capitán de Corbeta Daniel Robelo, especialidad, submarinista. Esa podía ser la presentación de nuestro pasajero estrella.
Con el pomposo rotulo de “Coordinador Naval”, su misión a bordo era…exactamente esa.
Contaba, con orgullo, sus andanzas cuando estuvo destinado en Japón, nunca me quedó en claro si fue antes o después de ser edecán del ex Presidente Videla, de todas formas, es un detalle menor.
Además de no perderse un desayuno, ni desperdiciar el resto de las comidas, su función era coordinar con Marina de Guerra las acciones de nuestro barco.
Por suerte para nosotros, las ordenes las daba el Capitán mercante, Dell ´elicine.
Al menos por el momento.
Yo no entendía bien, aún hoy no lo hago, que podía saber un submarinista sobre barcos mercantes.
Además de sumergirlos.
Lentamente, la bodega se iba vaciando, Juan Del Negro y yo, junto a una docena de colimbas estábamos parados sobre cientos de tambores de nafta súper y de avión.
A unos quince metros sobre nuestras cabezas, Marcelo Medina operaba, con destreza, la grúa, subiendo los tambores, a medida que los íbamos enganchando.
Subían sobre cubierta e iban a parar al Islas de los Estados.
Ya casi no prestábamos atención al olor a combustible.
En la noche Malvinense, la carga buscaba su destino.
En el silencio de la bodega, en las entrañas del barco, sólo el ruido de las cadenas que enganchaban la carga, rompía la monotonía.
Hasta que un estruendo, nos llamó a la realidad.
La detonación subió por nuestras piernas, atontándonos por un momento.
Estábamos bajo la línea de flotación. Sobre miles de litros de combustible.
Cuando quisimos reaccionar, ya un puñado de conscriptos se arracimaban en la escala de tojino, intentando ganar la cubierta.
Nos habían ganado en velocidad, pero no en miedo.
CAPITULO 1 PARTE 4
La voz de Medina nos tranquilizó.
-Detonación propia…Bomba Anti-Buzo!
-Avisen. La puta que los parió!!!…- Acotó Juan.
Una risa nerviosa se apoderó de los colimbas, a medio camino de la superficie, que nos contagió a todos.
Las detonaciones ajenas, aún no habían llegado.
Pero inexorablemente, lo harían.
También sin avisar.
La lógica indicaba, que una vez finalizada la carga, el Río Carcarañá, debía volver al continente, tal vez, para realizar un nuevo viaje a Las Islas.
Nada era seguro, de lo único que no dudaba, era que junto con los vehículos, debería despedirme de “Chocolate” y el “Cordobés”.
Y lo que no era menos. De Las Malvinas.
Pero no había llegado hasta ahí, para no pisar tierra.
Le hice llegar un mensaje al comando del Islas de Los Estados.
La noche siguiente, mientras trabajaba en las bodegas, me llamaron de cubierta.
-Te buscan!!!- Gritó el “loco” Medina. “Loco”, por lo extrovertido, pero veinticinco años de conocerlo, me habilitan a decir que con tres a cuatro docenas de “Locos” igual, otro hubiera sido nuestro destino.
En fin. Subí a Cubierta. Allí me esperaba un Hombrón que tendría escasos treinta años, de anchos hombros, vestido con un grueso pulóver blanco, estilo polera.
Se presentó como el Capitán Pallarola. Comandante Naval del Islas de los Estados.
Su apretón de manos, me hizo simpatizar de inmediato con él.
Por lo visto, en el reparto de “coordinadores Navales”, no nos había tocado la mejor parte.
-Vos sos el marinero que se quedar en las Islas? –Preguntó, casi serio.
-Sí señor- Respondí.
-Porqué?-
-Porqué no me quiero ir- Fue mi respuesta, no muy original, lo reconozco, pero no se me ocurría cual de los doscientos motivos que tenía estudiados darle.
O también puede ser que yo mismo no lo supiera.
-Bueno, me respondió, voy a hablar con tu comando, cuando terminen de pasarnos la carga te venís con nosotros.
Y agregó:
-Te felicito.
No lo podía creer. Había llegado.
Mire a la distancia las oscuras Islas, y me volví a la bodega, ansioso por contarles a mis amigos “milicos”, que me quedaba con ellos.
Esa misma noche, alrededor de las tres de la madrugada, toda la tripulación fue despertada y convocada en el comedor.
Unas horas antes, el Capitán Dell´elicine, había ordenado cambiar de fondeadero, alejando el barco de las proximidades del aeropuerto.
Esa decisión estratégica, nos iba a salvar la vida.
En el comedor de marinería, estábamos todos.
El capitán se dirigió a nosotros, no sin dificultad, ya que es un obstinado tartamudo. Aunque para nosotros siempre fue “el tarta”, nadie se animó a llamarlo así en en su presencia, hasta muchos años después.
Su discurso fue corto, pero contundente.
Me alegro de haberlo escrito el mismo día.
“Señores, estimo que es inminente un ataque, y debido a el carácter de nuestra carga, un solo impacto nos haría volar por los aires.
He decidido que abandonemos el barco, momentáneamente, en espera de los acontecimientos. Reanudando la descarga, tan pronto nos lo indiquen.
El Capitán Robelo fue llevado a tierra en una lancha. Iremos a reunirnos con él. Les recomiendo que lleven sólo un bolso de mano.
El Comisario de a bordo Tetamanzi, les entregará sus libretas de embarco, que estarán más seguras custodiadas por ustedes mismos. Di órdenes a la cocina para que adelante el desayuno; mientras tanto, los marineros prepararan los botes.
Espero de todos la mayor colaboración, hagan de cuenta que estamos fondeados frente a Santos y que dentro de una hora vendrá la lancha a buscarnos para visitar a las chicas de Brasil”.
En un buque mercante, la palabra del Capitán es ley, viene Dios y luego él, aunque no siempre en ese orden.
Jorge Chiaro, foguista, estaba más para la jubilación que para estas aventuras.
Cada vez que me lo cruzaba en un pasillo, me decía:
-Voy al camarote a darle un beso al abuelo.
Su voz aguardentosa, su cara rubicunda y sus escasos pelos colorados, le daban el aspecto de un duende Irlandés.
Un día, no aguantando la intriga, lo seguí a su camarote, esperando sorprenderlo besando, en efecto, la fotografía de su abuelo.
Yo era bastante ingenuo.
Lo que hacía, era darle un “beso”, a una de las botellas de oporto que
Que tenía prolijamente ordenadas.
Viejo Chiaro. Si desde alguna nube, botella en mano, estás espiando sobre mi hombro mientras escribo, leë este Gracias, porque tu sentido del humor y tu coraje, son unas de las cosas que en el frente, me ayudaron a conservar la cordura.
O mejor dicho, en la posguerra.
Pero no, gracias no, mejor:
-Salud!!!.
Iba hacía mí camarote, a preparar mi bolso, cuando Medina me agarró de un brazo, con vos perentoria, me dijo:
-Ojudo-ese apodo lo odiaba, si, tengo ojos grandes, pero este tipo tiene una habilidad especial para los apodos, todos los que nombro, los puso él, pero ojudo, lo detesto.
Todavía hoy, cada tanto me lo dice, delante de cualquiera. Ahora ya no me jode, viniendo de él. Pero el resto, que se cuide.
-Ojudo-me dijo- Dos mudas de ropa, efectos de tocador, los documentos y la guita, en bolsas a prueba de agua, ponete dos pantalones y dos pares de medias, no llevés boludeces-
Me lleva ocho años, pero parece mi viejo. Aunque mi viejo me hubiera recomendado cigarrillos, aunque yo no fumaba. Para él no más.
Antes de ir a cubierta, pasé por el camarote de Chiaro.
El viejo estaba parado frente al espejo, engominando sus rebeldes y escasos pelos rojos, su ropa de desembarco consistía en un impecable traje azul, con finas rayas, y unos zapatos de charol negro, que parecían un espejo.
-¡Que hacés así vestido!.
-¿No dijo el capi que ibamos a ver a las chicas?.
Le expliqué la realidad, aunque la verdad, pensé en mandarle a Medina.
Cuando estábamos dispuestos, volvió a bordo Robelo.
El lector sabrá disculpar, si en adelante, me excuso de llamarlo Capitán, o señor, estas líneas, tal vez me den la razón.
Además, en Las Islas, conocía Capitanes y señores, que no se merecen que los caratule como a él.
Como decía, volvió Robelo de tierra.
Al enterarse de nuestra órdenes, mantuvo una charla con nuestro Capitán, me imagino en que términos.
Cambio de planes.
Nos quedábamos a bordo, hasta que el Formosa termine su descarga, y luego, ocuparíamos el muelle.
El Capitán Dell´elicine, junto al carpintero Ojeda y otros, sondaría las profundidades, para encontrar una ruta segura al puerto, ya que no teníamos cartas de navegación.
Textuales palabras de Robelo.
-“Es altamente improbable que los ingleses ataquen Puerto Argentino”.
Era el veintinueve de abril de 1982.
Un Visionario.
CAPITULO 1 PARTE 5
Faltaban quince minutos para las cuatro de la madrugada.
En el puente, el oficial Dorrego, y el “Loco” Medina, esperaban ansiosos el relevo.
Mi guardia la debía cumplir con el jefe de cubierta, Apendino (el segundo de a bordo), tenía apenas veinticinco años, en realidad, no era mucho lo que navegaba, ya que le dedicaba su tiempo a su segundo amor, la medicina, es por eso que E:L:M:A lo destinaba a guardias en puerto, mientras progresaba en su carrera.
Cuando quedamos solos, bajé, como en todas las guardias, a buscar café.
La repostería de oficiales estaba desierta, no así el comedor, donde Gianello peleaba con su carpeta.
Suena descolgado carpeta, pero así fue.
Julio Gianello, era lo que se llama, un pilotín, es decir, un aprendiz de oficial, que debe cumplir determinadas millas de viajes de estudio para recibirse, no tienen tarea específica a bordo, más que la de aprender, y presentar, al regreso del viaje, una carpeta completa de lo hecho a bordo.
Por lo visto, a E.L.M.A le pareció buena idea mandarlo con nosotros.
Y allí estaba, la madrugada del primero de mayo, meta escribir.
La escuela de Náutica debía estar orgullosa.
Mientras subía al puente, haciendo equilibrio con la jarra de café, una fuerte explosión me atravesó los oídos.
En la penumbra, pregunté a Apendino:
-¿Qué pasa?- más curioso que asustado.
-No se…
A continuación, otra fuerte explosión, cientos, cientos de luces rojas, que desde tierra se elevaban al cielo…
En pocos minutos, el puente se llenó de gente, nadie sabía que pasaba, el VHF, por órdenes del Comando Malvinas, estaba mudo. Fuertes detonaciones y luces rojas surcando el cielo.
Faltaba el Coordinador Naval, así que mandaron a Spataro, o sea yo, a buscarlo.
No estaba del mejor humor cuando lo desperté.
-¿¡Qué pasa!?- me preguntó con voz de Capitán de Corbeta recién despertado.
-Dice el Capitán si puede subir al puente, se escuchan detonaciones en La Isla.
-Debe ser un simulacro- refunfuñó-Ya voy.
Esa madrugada, se me pasó volando.
El Coordinador Naval decidió que era tiempo de emboscarse en el comedor, ya debía estar el desayuno.
Mi turno de guardia estaba por terminar, pero me resistía a dejar el puente.
Las plumas estaban listas para continuar la descarga.
Mis compañeros, ya desayunados, estaban mateando con los milicos.
No me quedaba más que bajar.
El mudo VHF, gritó:
-¡Alerta Rojo!.
Tarde piaste.
Sobre el grito, lluvia de antiaéreas, y entre ellas, un Harrier, descargaba una bomba sobre el aeropuerto, produciendo una llamarada instantánea.
El “simulacro”, había empezado.
En ese momento, no tuve miedo, todo parecía una película.
Bajé a las cubiertas inferiores, la mayoría de mis compañeros estaban sobre la borda. Medina gritaba como en la bombonera, seguido por todos, festejaba un Harrier, que, hecho pelota, se precipitaba a tierra.
Un punto para los artilleros.
No nos dábamos cuenta que las balas que picaban en el agua, eran para nosotros.
De algún lado, llegó el grito de Robelo:
-¡¡¡Bajen los botes, abandonen el barco!!!
En realidad, era lo que habíamos decidido ayer.
De todas formas, por más tiritas doradas que tuviera en los hombros, la verdad, es que nadie le dio bola, hasta que la misma orden, más serena por cierto, la dio Dell´élicine, por intermedio de sus oficiales.
El tercer oficial de cubierta, es el encargado de todo lo que tenga que ver con salvamento, en una navegación común, por suerte, los botes no sirven de mucho más que para darle algo que hacer.
Esa función la cumplía el “Negro” Mazzi. Tenía aproximadamente veintidós años, en los pocos momentos libres que le dejaba la descarga “secuestraba” algún marinero, para darle mantenimiento a los botes y balsas salvavidas.
Lo más rápido en ese momento, era arrojar las balsas. El combate en Puerto Argentino estaba en su peor momento, para ambos bandos.
Solo nos quedaba rezar que no nos dieran, ni de casualidad.
Con un fuerte chapoteo, ambas balsas, una por cada banda, cayeron al agua.
Los pocos segundos que estuvieron sumergidas, vi como el “Negro”, casi ni respiraba.
Al fin las balsas, con un chasquido triunfante, emergieron y se inflaron en toda su extensión.
-¡Vamos carajo!- Fue el profesional comentario del Oficial Mazzi.
Mientras las balas inglesas nos rodeaban a gusto y la tripulación se preparaba a abandonar, las balsas, indiferentes, flotaban plácidamente a nuestro costado, unidas al Carcarañá, por el delgado cabo madre.
En ese momento CONAVINAS (Comando Naval Islas Malvinas), nos dio la orden de alejarnos de la Bahía, rumbo al Estrecho de San Carlos, e ir Caleteando rumbo sur, a la espera de instrucciones.
Había que virar el ancla, arrancar las máquinas y poner un rumbo que nos alejara de las minas marinas, mientras se iba rogando que los aviones nos dejaran en paz.
Todo se hacía al mismo tiempo.
Pero faltaba un detalle.
Las balsas.
Ni pensar en abandonarlas. Podían ser en el futuro, la diferencia entre la vida y la muerte.
La soga que las sostenía, no iba a aguantar el terrible arrastre del barco.
Había que bajar a buscarlas.
Ni siquiera lo pensé, era el que estaba más cerca. Lo mismo le pasó a Chávez, del otro lado.
Aprovechando que las plumas estaban preparadas, me colgué del gancho. Cáceres me alcanzó un pedazo de soga:
-No te calentés por el nudo que hagas, amarrala como puedas y te subimos- Habló rápido el correntino (yacaré, para los amigos). Recuerdo que me ofendió que dudara de mi habilidad con los nudos.
Se ve que me conocía.
Mientras me bamboleaba sobre el gancho, me tranquilizó que el guinche lo estuviera operando el “Loco”, ese me podía putear, pero seguro, no me iba a dejar caer.
El barco ya se estaba moviendo, la balsa, peleaba entre la succión del agua y el empuje de semejante armatoste, la grúa se movía para todos lados.
Agarrado con un brazo al gancho, logre, con el otro, enganchar la balsa.
El nudo que hice, seguro no va a pasar a la historia de la marinería. Pero aguantó.
Mientras Marcelo nos subía a la balsa y a mí, puede ver en el alerón del puente la mirada fija del Capitán de ejército Novoa. A cargo, entre otras cosas, de una cohetera Mecedez Benz, que descansaba en las bodegas.
Por la otra banda, Chávez había conseguido subir “su” balsa.
Mientras íbamos saliendo de la Bahía, un Harrier nos disparaba, como al descuido.
A miles de kilómetros, en Buenos Aires, mi familia miraba por televisión Todavía conservo la grabación:
-Ahí se aleja el Buque Río Carcarañá, escoltado por un helicóptero…!!!-
Dentro de todo, menos mal que el periodista vio cualquier cosa.
Habïa empezado una guerra, que veinteseis años despues del cese el fuego, sigue matando.
Sacado de blogs.clarin.com
Nos vemos